• Sin ciencia y tecnología orientada al campo, la crisis económica generada por COVID-19 podría agudizarse, por lo que es necesario viralizar buenas prácticas agrícolas para superar la pandemia.

  • La ciencia colaborativa y el acompañamiento técnico de calidad permitiría mitigar los efectos negativos de la pandemia y acelerar la recuperación económica en el ámbito rural.

La emergencia global por COVID-19 ha resaltado la importancia de invertir en ciencia aplicada a la salud y a otros sectores estratégicos, como la agricultura. Ante las afectaciones a la economía, el riesgo de que se incremente la inseguridad alimentaria es latente. El campo y la agricultura se han convertido entonces en un tema de seguridad nacional, no solo por ser indispensables para la proveeduría de alimentos, sino porque, de acuerdo con los análisis y las proyecciones, ha sido y será un sector estratégico para la recuperación económica (de acuerdo con el Indicador Global de la Actividad Económica, es el único sector que mantuvo un crecimiento durante el primer trimestre del año, mientras que los otros sectores ya comenzaban a resentir los efectos de la pandemia).

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) y diversos organismos internacionales señalan que en medio de la crisis es necesario construir un nuevo paradigma científico-tecnológico que propicie una bioeconomía como base del desarrollo sostenible de los países. Si los países no invierten en ciencia aplicada al campo y en estrategias de largo aliento –centradas en la socialización del conocimiento científico, en el desarrollo de capacidades en los agricultores y con la participación de todos los sectores– difícilmente podrán transitar hacia un desarrollo sostenible.

Desde hace más de cincuenta años el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT) desarrolla y valida prácticas agronómicas científicamente sustentadas para que los productores de México y el mundo puedan beneficiarse de la agricultura sustentable, beneficiando a su vez a la economía local, nacional y al medioambiente. Hay amplia evidencia de que la agricultura sustentable permite que los agricultores obtengan diversos beneficios económicos (debido al incremento de la productividad y a la disminución de los costos de producción), además del impacto positivo en la preservación de los recursos de los que depende la producción agrícola.

Son diversas las prácticas  agrícolas sustentables que el CIMMYT promueve y que le han permitido a los productores lograr mejores cosechas; producir alimentos nutritivos, sanos y variados; reducir el impacto ambiental; aumentar la diversidad de los agroecosistemas; reducir sus costos de producción; vincularse a mercados y, en general, ser resilientes ante contextos adversos. Hoy, varias de esas prácticas cobran particular interés por su potencial para responder a retos específicos derivados la contingencia sanitaria, pues favorecen la seguridad alimentaria y la nutrición de las comunidades, hacen más flexible la cadena de suministro de granos y permiten operar incluso ante las limitaciones derivadas de la epidemia.

Destacan, por ejemplo, la cobertura del suelo, la diversificación de cultivos, la mecanización adecuada y el manejo poscosecha, las cuales permiten mitigar los efectos del cambio climático, tener dietas más variadas y saludables –particularmente importantes si se considera que la nueva enfermedad COVID-19 afecta sobre todo a personas con enfermedades relacionadas con una alimentación inadecuada–, operar con un mínimo de mano de obra y reducir las pérdidas poscosecha, respectivamente.

La adopción de prácticas de agricultura sustentable, señala la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), tiene efecto sobre los ingresos de las parcelas; además de ahorro de tiempo y de trabajo. ¿Cómo acelerar la transición hacia una agricultura sustentable?, ¿cómo consolidar la capacidad productiva agroalimentaria? La investigación científica en México brinda evidencia relevante sobre cómo la profesionalización del acompañamiento técnico, la participación de centros de investigación y enseñanza y la construcción estratégica de redes de innovación pueden potenciar la adopción de prácticas agrícolas sustentables de una manera mucho más orgánica y efectiva.

De acuerdo con estudios del Centro de Investigaciones Económicas, Sociales y Tecnológicas de la Agroindustria y la Agricultura Mundial (CIESTAAM) de la Universidad Autónoma Chapingo (UACh), la asistencia técnica centrada en el desarrollo de capacidades en los productores es 10 veces más efectiva que los esquemas tradicionales de extensionismo y permite aumentar la innovación (adopción de prácticas agrícolas sustentables) hasta más del 50%.

En tiempos donde la economía de todos los países del mundo ha sido afectada a causa del COVID-19, la recuperación social y económica guiada por la evidencia científica es vital. En el caso de México, invertir en acompañamiento técnico agrícola –de calidad y con calidez humana– permitiría mitigar los efectos negativos de la pandemia y acelerar la recuperación económica en el ámbito rural. Se trata de una oportunidad excepcional para acelerar una transición inclusiva, ambientalmente viable y socialmente pertinente hacia una agricultura productiva y sostenible.

¿Cómo convertir la crisis en oportunidad? ¿Cómo superar esta compleja crisis humana sin precedentes? Sin duda se requiere solidaridad y, sobre todo, una respuesta creativa e innovadora. Responder a las crisis con innovación es precisamente parte del legado que el doctor Norman E. Borlaug –Premio Nobel de la Paz en 1970– dejó en el CIMMYT –institución que ayudó a fundar–. Hacia los años sesenta, cuando la amenaza de hambruna en el mundo en desarrollo implicaba también la muerte de los más vulnerables, el doctor Borlaug supo leer el contexto y brindó soluciones con los recursos que tenía a la mano, salvando mil millones de vidas.

Ayer los recursos eran limitados, la ciencia agrícola estaba en ciernes. Hoy, con los avances disponibles y los conocimientos acumulados es posible impulsar, en conjunto, la adopción de prácticas agrícolas sustentables que, en tiempos de pandemia, vienen bien a los bolsillos de los campesinos pues, finalmente, con ciencia colaborativa es posible hacer del campo un motor del desarrollo ante la crisis e impulsar una agenda de recuperación más sustentable e inclusiva, donde la salud de los sistemas agroalimentarios sea entendida también como la salud del planeta mismo.