Un Libro Electrónico Reciente sobre la Industria Azucarera Mexicana desde Diversas Disciplinas*

Por: Noé Aguilar Rivera

Universidad Veracruzana

La caña de azúcar es una gramínea originaria del sureste asiático que realizó un largo recorrido, en tiempo y espacio, transitando entre guerras, conquistadores, territorios, religiones y zonas comerciales por el mundo antiguo hasta llegar a México desde las manos de los conquistadores españoles, donde inicialmente se estableció en los Tuxtlas y de ahí se difundió casi todo el territorio de la Nueva España y luego en el México independiente en las llamadas haciendas azucareras y trapiches productores de azúcar de diversos tipos, aguardiente y bagazo combustible y en el último cuarto del siglo XIX el declive de los trapiches y la hegemonía del azúcar blanca. En este proceso, la agroindustria de la caña de azúcar en México se destaca por su alta superficie cultivable como resultado de las diversas actividades productivas incorporadas en el territorio —a fines del siglo XVI y principios del siglo XVII y hasta el día de hoy—, produjeron en el mismo importantes transformaciones sociales y espaciales. Específicamente la instalación de los sistemas productivos representados por la hacienda y el trapiche o el ingenio como importantes agentes en la transformación social y han sido responsables de nuevas relaciones sociales y organización productivas y costumbres en la economía doméstica y la vida cotidiana. Por lo tanto, la historiografía de un producto como la caña de azúcar, el azúcar, el piloncillo y el aguardiente ofrece materiales de interés para la comprensión del pasado y presente de la sociedad desde muy variadas disciplinas.

El análisis del origen de la industria azucarera en una región puede aportar elementos para conocer la relación que a través de los años tuvieron los grupos humanos con su entorno natural, el aprovechamiento de los jugos de la caña y su integración a la cultura, el conocimiento de la elaboración del azúcar, de las condiciones de trabajo y de los cambios tecnológicos que ocurrieron en el tiempo y puede reflejar como ocurrió el desarrollo económico y social en la sociedad, en relación con este ramo productivo, debido a que cuando se han investigado una o varias empresas productoras de azúcar en otros espacios, su comercio a escala nacional o internacional o una región o nación productora con frecuencia se han encontrado respuestas a preguntas muy heterogéneas.

En este sentido, el libro de reciente aparición en su versión digital:  Campo cañero e industria azucarera de los siglos XIX a XXI Historia y territorios, coordinado por la geógrafa Virginie Thiébaut y el historiador Luis Alberto Montero García —ambos con una amplia trayectoria en la investigación histórica y contemporánea sobre la industria azucarera mexicana y en especial de la veracruzana—, presenta una visión global del impacto de este cultivo y los cambios en las relaciones sociales y no solo productivas que han resultado de su presencia y explotación en diversos espacios geográficos aborda  el campo en toda su complejidad debido a que el sector cañero-azucarero, que tiene la característica de vincular el sector industrial con el agrario y a pesar de que existen una gran cantidad de investigaciones de índole multidisciplinaria todavía existen muchos aspectos por abordar relacionados con la modernización y las innovaciones del sector en los siglos XIX y XX.

La obra está dividida en dos líneas de análisis e integrada por siete capítulos. Una primera constituida por estudios históricos, basados en documentos, bibliografía e informes oficiales; mientras que la segunda aborda aspectos espaciales actuales, donde las entrevistas, el trabajo de campo y observación participante fueron esenciales para la escritura de los textos. En el libro se hace referencia a factorías azucareras, sociedades mercantiles y anónimas como Compañía Francesa Azucarera de Pánuco (El Higo), Compañía Francesa Azucarera de Paraíso Novillero (Cosamaloapan), Compañía Agrícola Francesa de Ojo de Agua Grande (Córdoba), Central Francisco J. Fournier (Huimanguillo), San José de Abajo (Cuitláhuac), El Potrero (Atoyac), San Cristóbal (Carlos A. Carrillo), La Concepción (Jilotepec), las haciendas Tuxpango (Orizaba), La Defensa y San Alejo (Paso del Macho), Puga (Tepic), Los Otates (Michoacán), Buenavista y El Labrador Normando (Tehuacán) y destiladoras de aguardiente Constancia, Sihuapan, Lortigue Hermanos, La Guadalupe y Tocuila (los dos primeras en Los Tuxtlas y las últimas tres en Orizaba). Entre todos ellos destaca el central Jobabo, provincia de La Tunas, en el oriente de la isla de Cuba, que cerró sus puertas en 2002.

En sus capítulos los autores presentan aspectos poco conocidos o dejados de lado por los investigadores de esta agroindustria, a manera de ejemplo nos centraremos en dos casos representativos: en el primero se menciona el interés de los inmigrantes franceses establecidos en el estado de Veracruz por la construcción de trapiches y destiladores, en una primera etapa, y como inversionistas en sociedades familiares y anónimas, después.  Precisamente, la innovación tecnológica es  abordada de manera bastante detallada, cuya descripción se daba a este equipo de molienda y estaba conformado por “dos grandes cilindros, de ocho o diez pies de alto, fijado uno contra otro como los de las laminadoras, pero perpendicular-mente. Así se le llama a la prensa y por extensión, a todos los demás instrumentos y utensilios que sirven para fabricar azúcar. Se aplica el mismo nombre al propio cañal, si en él se encuentra un trapiche”. Es decir, a la parte superior de los dos cilindros se ha adaptado una larga barra de madera a la que se atan los bueyes o los caballos destinados a hacerlos girar para aplastar la caña de azúcar. El licor destilado cae en un recipiente, de donde se le lleva a dos calderas colocadas en un cobertizo vecino. Cuando el licor que viene de la prensa está cocido y a punto, se le echa en vasos de forma cilíndrica; al solidificarse se envuelve el azúcar bruto en largas hojas y se venden estas piezas de azúcar, así cubiertas, con el nombre de panella. Es la panella que se hace fermentar en agua con arroz para obtener el aguardiente de caña.

Por otra parte, alambique se trataba simplemente de un cántaro, de tamaño común, apoyado sobre varios ladrillos grandes, entre los cuales ardía el fuego. Sobre este primer vaso había otro más pequeño, volteado, que le servía de tapadera y que se cerraba herméticamente con barro. A esta especie de capelo, que tenía encima otro vaso lleno de agua fresca, se había adaptado una caña de bambú, de cuyo extremo caía, gota a gota, el licor destilado, que se recogía en un cántaro pequeñito. El cántaro contenía agua fermentada preparada con panela y arroz. En este popular alambique familiar la cantidad obtenida de aguardiente era “tan pequeña” que satisfacía el consumo diario de algunas familias.

Ahora bien, cabe señalar que para cultivar caña de azúcar y destilar sus derivados no necesariamente se tenía que ser propietario del terreno; bastaba con arrendarlo, adquirir un alambique, comprar panela y procesarla en el campo o en la ciudad. Tampoco era necesario contar con un establecimiento construido para tal fin, siempre y cuando el destilador no sembrara su propia caña. Lo sorprendente es que las destilerías no requerían más de un operario.

Por otra parte, y en el segundo caso, el ingeniero agrónomo Felipe Ruiz de Velasco publicó una obra intitulada Historia y evoluciones del cultivo de caña y de la industria azucarera en México hasta el año de 1910, en la cual mostraba, en primera instancia, el desarrollo de la industria azucarera en México desde la época virreinal hasta las postrimerías de la Revolución y, en segundo lugar, hacía una propuesta sobre cómo se podría incentivar el cultivo de la caña de azúcar en Morelos y en el país llegando a las conclusiones: es necesario intensificar la producción cañera por medio de la elección de terrenos que contaran con mano de obra suficiente, un buen clima, agua de riego, vías de comunicación y grande centros de consumo ya que existían ingenios que contaban con las condiciones para elaborar azúcar de buena calidad, mas no sucedía lo mismo en el rubro de la producción agrícola que mostraba grandes deficiencias, en virtud de que los agricultores preferían continuar por las “veredas de la rutina, del pesimismo y de la inercia” antes que emprender “obras de progreso real” sustentadas en “bases lógicas”. Ruiz de Velasco se lamentaba de que la mayoría de los cañeros desconociera aquellas “operaciones”, que tenían el objetivo de mejorar la tierra arable, circunstancia inexplicable si se tomaba en cuenta que éstas se encontraban en boga en las “naciones más adelantadas”. Por este motivo sugería prestar atención a la instrucción agrícola como un medio eficaz de fomentar la “producción abundante” y de “bajo costo”. Su experiencia le había demostrado que existían “rápidos progresos” en aquellos lugares donde la industria agrícola estaba “iluminada por la ciencia” y se realizaba un trabajo “consciente” e “inteligente” con los “elementos propios”. En este sentido, aconsejaba establecer granjas modelo, escuelas y estaciones agronómicas que permitieran difundir esos conocimientos entre los agricultores.

Además, la obra se enfoca a aspectos regionales pocas veces discutidos en otros textos como el papel de la mujer en el proceso agroindustrial en los ingenios San Cristóbal y El Potrero, el uso de tecnologías antiguas como el arado y el impacto de la caña en las economías regionales en el ingenio San José de Abajo, por otra parte, se abordan temas contemporáneos como la agroindustria cañera en el reparto agrario se consolidó como una agroindustria de gran impacto social en el ingenio La Concepción, ejemplificando a Veracruz como el estado líder en producción cañero-azucarera, además de ser el que tiene el mayor número de ingenios y alcoholeras, como las ubicadas en Atoyac, Cuitláhuac, Chocamán y Orizaba, motivo de uno de los textos del libro reseñado en relación a los efectos socioambientales en los territorios establecidos.

Sin embargo, en los últimos años, esta agroindustria ha decaído como resultado de las políticas económicas neoliberales impuestas en México a finales del siglo pasado; al haber sido vendidas a particulares inexpertos en el ramo, algunas fábricas quebraron como el caso del ingenio La Concepción y el Central Jobabo en Cuba. Esto dio lugar a una conclusión de gran impacto esta agroindustria prevalece desde que se introdujo el Seguro Social y la pensión para cañeros; como consecuencia, el cultivo de caña se consolidó como un negocio tal vez no muy rentable o estable económicamente, pero sí beneficios en el ámbito social, sobre todo para los campesinos que tenían pocos medios para acceder a servicios de salud. Además, los factores físicos, sociales, económicos y políticos en sinergia muestran diferentes escenarios, incluso en áreas relativa-mente pequeñas donde se podría pensar que existe una dinámica espacial homogénea. Dicho lo anterior, la importancia de los estudios territoriales desde la mirada geográfica radica en que la transversalidad de esta perspectiva permite identificar los diferentes factores que intervienen en la conformación del espacio.

Este libro es resultado de un esfuerzo colectivo de historiadores, geógrafos y sociólogos sobre la industria azucarera mexicana, cubana y, en particular, veracruzana, cuyas investigaciones inéditas fueron presentadas en el III Coloquio La caña de azúcar: dinámicas territoriales y espaciales ayer y hoy, celebrado en Xalapa, Veracruz en 2017.

Búscalo por el título y adquiérelo en versión digital (fácil de leer en cualquier tableta, celular o computadora) en Amazon, iBooks, Kobo y Play Book.

*Luis Alberto Montero García y Virginie Thiébaut (coordinadores) Campo cañero e industria azucarera de los siglos XIX a XXI – Historia y territorios, México, INAH, 2020 (versión ePub).